El fenómeno de las cosas menguantes

Todo el mundo en esta vida tiene que tener un pueblo o adoptar uno, como animaba el anuncio hace par de veranos. ¡Qué placer volver al lugar donde uno pasó su infancia! Y que maravilla enseñar a tus hijos aquellos sitios donde diste tus primeras pedaladas a una bici o donde te caíste por querer escalar una roca o aprendiste a nadar. Y en esas estamos. 
En el Lugar donde siempre me gusta ir no tenemos piscina propia porque no sale rentable. Más que nada porque estamos a más de 1.200 metros de altitud y verano, lo que se dice verano, tenemos de Virgen a Virgen, vamos del 16 de julio al 15 de agosto. Y quien es el guapo que se pasa todo el año cuidando de la piscina para darse un par de chapuzones. Para eso nos vamos a las públicas que tenemos tres, a pesar de la rasca de la zona. Una es de una urbanización privada y supuestamente no podría ir. Pero toda mi vida he ido alegando ser la prima hermana de la mujer de Angustias y el guarda haciendo la vista gorda, más que nada porque me conoce de toda la vida. Pero ya me pilla mayor para estar regateando por un trozo de césped. Así qué con su pan se lo coman, que me siguen quedando dos muy dignas. La otra es la piscina municipal de toda la vida. Recuerdo haber ido muy pequeña. Pero me quedó algo de trauma cuando me estuvieron a punto de cortar dos dedos del pie derecho por congelación. Además es una pena que una instalación tan buena este tan masificada con focas, pingüinos y otras especies de la fauna de la Antártida. Además es muy incómodo cortar el hielo para sumergirte en el agua. Y la tercera es una concesión municipal, está relativamente cerca de casa y es a la que íbamos los veranos que, por el motivo que fuera, no nos hacíamos socios de la pija.
Hace unos días le prometí a la Princesa ir a la piscina. Soy de la teoría de que nunca prometas a una niño algo que no puedas o quieras cumplir. Y aunque del 1 al 10 me apetecía -2 ir a la piscina, allí que me fui con la Princesa. Me hacía ilusión ir más que nada porque mi hija conociera mi piscina y yo por volver. Y allí que nos plantamos. Cuando llegué descubrí que el fenómeno de las cosas menguantes había pasado también por la piscina. Y aquella explanada verde tan enorme que yo recordaba es una cuarta en la que a penas caben docena y media de toallas. Y la piscina de pequeños que yo a duras penas recorría de lado a lado, es un charquillo que con dos brazadas me la cruzo. Lo único que ha menguado menos en la piscina de mayores. Y lo que sigue igual es el fondo, 2,10. Y como yo mido metro y medio desde que el mundo es mundo, llegar al fondo me sigue costando tanto o más que entonces.
Y vosotros, ¿también habéis tenido alguna experiencia del fenómeno de las cosas menguantes?

 ¡¡FELIZ MIÉRCOLES!!!

Deja un comentario