Síndrome post-vacacional

                               

Hoy escribo tardísimo y por pura insistencia de Mi Otro Yo porque la vuelta de Galicia me he dejado enmudecida. Debe de ser un síntoma de la depresión post-vocacional, y eso que aún estamos de vacaciones. Pero es que la semana que hemos estado en la playa ha sido tan placentera, que la vuelta a la normalidad ha sido una auténtica tragedia.
Hace un año por estas fechas reivindicaba el turismo nacional y hoy me reitero. ¡Hay tanto que ver! Por segundo año consecutivo hemos escogido Galicia para ir a la playa. Y sigo diciendo que Galicia es mágica. Es el paraíso. No tengo más que buenas palabras para su gente, sus paisajes, su gastronomía y su climatología. Eso de que en Galicia siempre llueve es mentira. Galicia es la Galifornia española, pero estoy convencida de que los gallegos han empezado a difundir lo del mal tiempo para que no se masifiquen sus playas*.
Y luego está el tema de la compañía. Hemos sido nueve en casa (íbamos de okupas a la casa del Dr. Anónimo y Mi Otro Yo) y el día a día ha transcurrido con toda la normalidad. El secreto ha sido que, dentro de un orden, cada uno ha hecho lo que ha querido. No ha habido hora de levantarse, ni de acostarse, ni de comer..  Asilvestramientro total dentro de un orden. Y así estoy, tan descansada que ni siquiera me apetece escribir. Pero por el respeto a las personas que me siguen aquí estoy. Con la neurona casi despierta y con ganas de no defraudar, espero este curso conseguir que Corriendo sin zapatillas os siga gustando, como así me lo habéis transmitido. Y como esto parece el discurso inaugural del curso escolar, quiero aprovechar para agradeceros cada segundo que dedicáis a leerme y a comentar las entradas. Gracias de todo corazón.
*Espero que los gallegos me sepan perdonar la broma y no se acuerden mucho de mi cuando no pare de llover, y llover, y llover, y llover…

¡¡¡FELIZ MARTES!!

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