Inteligencia emocional y donuts: desayuno de matrícula de honor

Ayer, en una de mis largas conversaciones con Mi Otro Yo hablamos de la mala suerte que había tenido una persona en particular. Actualmente está en paro y en su vida laboral no es que haya desempeñado cargos que le hayan encantado o que le hayan permitido demostrar su valía, porque académicamente ha sido siempre brillante. Pero Mi Otro Yo me dio la clave, le faltaba aprobar la inteligencia emocional. ¡Y qué razón tiene!
Parece que “inteligencia emocional” son dos palabras que se han puesto de moda sin ton ni son. Pero no. Simplemente son dos vocablos que nos han permitido nombrar al conjunto de actitudes ante la vida que nos permiten brillar. No me sirve de nada que la Princesa saque esas notas tan buenas si mañana se frustra por cualquier tontería y se anula y se bloquea. Por no decir que vaya alardeando de ellas, y que sus compañeros no la quieran y se encuentre sola en el colegio y al final no quiera ir.
Los padres nos preocupamos mucho del expediente académico de nuestros hijos (que no digo que no sea importante) pero no debemos dejar atrás esa inteligencia emocional que el día de mañana le permitirá ser un buen compañero, un jefe empático, resolutivo y, en definitiva una buena persona.
Solo hay que ver a nuestro alrededor que las personas que dominan las habilidades sociales son personas más optimistas, satisfechas con su vida y, en definitiva, más productivas que, a no ser que se encuentren con una persona tóxica y mediocre en su camino que se lo impida, suelen llegar alto.
Así que he llegado a la conclusión de que una trabajada inteligencia emocional para un buen expediente académico es  como el donuts para  el  café con leche: un desayuno de matrícula de honor.

¡¡¡FELIZ MIÉRCOLES!!

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