Mi abuelo

Hoy me vais a permitir que dedique este post a mi abuelo, la persona más buena que he conocido y conoceré jamás. Un emprendedor y luchador de los que ya no quedan. Iba para médico, pero un obus caído en la plaza del Progreso de Madrid (hoy Tirso de Molina) acabó con la vida de su padre y con su verdadera vocación. Su madre se quedaba viuda con cuatro hijos y un negocio de embutidos. Mi abuelo, pese a no saber demasiado, se puso al mando del negocio y no solo aprendió el oficio sino que llegó incluso a ser presidente de honor de la Asociación de Industrias Cárnicas de España.  Evidentemente no fue el creador de Campofrío, El Pozo o Casa Tarradellas, pero si consiguió sacar muy dignamente a su familia y a la de sus tres hermanos, claro está con su ayuda. Logró que su negocio, Las Navas, fuera muy conocido en la zona de Ávila y que los sábados se montaran largas colas para comprar la carnes, los embutidos y, por encima de todo, sus morcillas. Repartía en la sierra y en Madrid y en algunos restaurantes de la capital (por ejemplo Finos y Finas y Taberna El 9) podías degustar un plato con morcilla de Las Navas.

Mi abuelo falleció el 11 de marzo de 2010 y 12 días después un vecino de Las Navas, localidad donde mi abuelo tenía el negocio y hoy está enterrado, sin ningún tipo de escrúpulos, comenzaba los trámites para registrar a su nombre la marca que con tanto esfuerzo había levantado mi abuelo y sus hermanos. Ya se sabe, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. El negocio ha continuado en manos de uno de sus empleados, a quien da gusto oir hablar de mi abuelo, y hoy me he enterado que le han obligado a quitar las letras de “Las Navas”, en rojo sobre fondo blanco, que desde hacía  40 años estaban dibujadas en el matadero de la estación de Las Navas del Marqués. El vecino se ha salido con la suya y ya tiene el nombre. Para mi es más que un nombre. En los trazos de cada una de las letras van años y años de trabajo de mi abuelo, noches en vela,  salarios de muchos naveros y la ilusión de una familia.
Hace dos años con la pérdida de mi abuelo tan reciente me disgusté mucho con el tema. Hoy me da un poco más igual. Quizá el tiempo lo cura todo y me quedo con que disfruté y aprendí de un hombre grande. En su entierro no cabía un alfiler y las muestras de cariño fueron apabullantes. Si Dios es justo, y espero que así sea, este vecino morirá con un nombre del que no es digno y solo, muy solo.

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