¿Y si dejamos de poner la venda antes de que se haga la herida?

Este verano he sido muy crítica conmigo misma. Sobre todo he criticado, y mucho, una faceta de mi papel como madre. Pero el mío y de casi todos los padres que me rodean. Quizá es que he tenido tiempo para reflexionar o quizá es porque ya estoy un poquito hartita de niños tiranos, exigentes y egoístas. Y no estoy descalificando a ningún niño ajeno. Son adjetivos descalificativos (me vas a permitir el palabro) que perfectamente se pueden atribuir a la Princesa. La culpable no es la niña. Los culpables somos su padre y yo, y todos aquellos que le hacen la vida tan fácil.
No sé en que momento nos hemos agilipollado  vuelto locos y hacemos cualquier cosa para poner la venda a nuestros hijos antes de que se hagan la herida. Y en lugar de protegerles les estamos convirtiendo en personas tremendamente demandantes, intransigentes e insaciables.
¡Qué flaco favor les hacemos cuando vamos al cine porque si, a comer/cenar fuera, a tomar algo sin nada que celebrar y, lo más importante, si explicarles que aunque cualquiera de esas acciones son ordinarias en la vida que llevamos, en el fondo son extraordinarias.  Porque el dinero no crece de los árboles (por muy verdes que sean los billetes de 100 €), porque comer siempre pasta puede tener secuelas en tu organismo y porque mamá y papá trabajan mucho como para que les apetezca seguir jugando después de cenar.
Si no nos plantamos y decimos no una mil veces, si no dejamos que se caigan para ponerles la tirita con razón, si no dejamos de hacer lo impensable para que no se aburran, en definitiva, si no dejamos de anteponernos a sus necesidades, no sé si serán o no unos niños felices, pero lo que tengo claro es que serán unos adultos desgraciados porque no habrá nadie que les ponga la red cuando tengan que subirse al trapecio. 
¡¡¡FELIZ MARTES!!!  

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